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ME LLAMO JUANA

Mercedes Hidalgo 22 Noviembre 2009 840 visitas Sin comentarios
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Aquel día Juana salió feliz de la comisaría de policía. Llevaba en sus manos un tesoro, algo que estaba esperando desde tiempos inmemorables, desde que tenía uso de razón. Llevaba casi dos años persiguiendo un objetivo y al fin se había cumplido. Tenía en sus manos ese trozo de plástico, ese pequeño rectángulo que acreditaba su nombre. Al fin tenía la credencial que demostraba que ella era Juana Hernandez Vidal, desde que nació.

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Para llegar a este punto Juana no lo tuvo fácil, primero tuvo que vestir de manera inapropiada, usar pantalones que no le gustaba y camisas que no encajaban con su estilo. Además, tuvo que jugar a juegos para los que no era lo suficientemente buena, por ello tuvo que soportar insultos, de quien no comprendía que ella prefería otros juegos. Tuvo que soportar que todos aquellos niños repitiesen hasta la saciedad aquel horrible nombre. Pero Juana tenía dos amigas, que la comprendían, que sabían porque era tan importante para ella llamarse así.

Juana creció, no encontraba quien la amara, buscaba ese amor que buscamos todos en la adolescencia pero no llegaba ese principe azul. Tampoco lo entendía, ¿que tenían las otras que no tenía ella? Tal vez era su nombre el que fallaba, por aquel entonces decidió que cuando fuera mayor trataría de cambiarlo, a Juana le costaba pronunciar el suyo, tanto que odiaba cuando sus padres la llamaban. Ella les repetía que por favor, le llamasen Juana, pero ellos no le hacían caso.

Siguió caminando por el sendero de la vida, conoció mucha gente, muchos amores, muchos amigos. Algunos la llamaban Juana, otros se empeñaban en recordarle que ese no era su nombre. Había muchas cosas en su vida que ella podría cambiar, a pesar de no tener el suficiente apoyo de sus padres, o del resto de su familia, pero aún así su objetivo seguía siendo el mismo, mucho más simple, usar su verdadero nombre, el que ella sentía en su interior y que por alguna razón la vida le arrebató.

Cierto día fue a un gimnasio, quería practicar aeróbic y no lo dudó mucho más, era el momento de decidirse a practicar deporte. Juana entró por primera vez al gimnasio y se acercó a la recepción, para dar sus datos. Había un joven muy atractivo, enseguida se fijó en ella y ella en él, estaba claro, la atracción era mutua, las miradas se entrecruzaban y ambos se sonreían. Esperó que terminase el cliente que iba delante de ella y el chico de recepción la saludo:

  • - Hola, ¿que querías? – dijo con una sonrisa pícara.

  • - Quería apuntarme al gimnasio, quiero mantenerme en forma.

  • - Vaya, pues no te hace mucha falta…

Juana rió divertida y se tapó la cara con gesto tímido.

  • - Bien, dame tu cartilla de identificación, necesito tomar tus datos para hacer la ficha – dijo el joven.

Llegó el temido momento, ese al que se enfrentaba día tras día desde que nació, sacar esa maldita cartilla de identificación en el que ponía ese maldito nombre con el que la bautizaron. No podía demorar el momento, era inamovible. Metió su mano en el bolso y sacó su cartera, la abrió y buscó en los pequeños compartimentos, allí estaba. Lo tomó con dos dedos y lo dejó en la mesa de recepción. El joven lo cogió y leyó su contenido. Su mirada cambió, esa media sonrisa se tornó en una mueca de sorpresa e impresión. Su tono de voz amable cambió por otro más seco.

    - Bien, ya está, aquí está su carnet del gym, puede venir cuando quiera. El siguiente por favor, que pase.

Juana se dio media vuelta y salió del gimnasio con total rapidez, nunca más volvió. Desde ese mismo momento tomó la decisión de que jamás volvería a mostrar su nombre. Se dirigió al organismo oficial pertinente y comenzó los trámites. Durante el proceso Juana tuvo que demostrar que estaba convencida de que ella se llamaba Juana, que todo fue un error. Sus amigas de la infancia tuvieron que testificar delante del psicólogo que efectivamente ella desde pequeña se llamaba realmente así. Fueron momentos duros en los que se ponía en duda lo que ella decía y se le daba otras opciones, le decían que tal vez no necesitase cambiarse el nombre, que el suyo no estaba tan mal, pero ella lo tenía muy claro.

Así que el día que salió con su cartilla de identificación en el que al fin figuraba el ansiado nombre lo primero que hizo fue acudir a otro gimnasio, uno donde nunca la hubieran conocido. Llegó a recepción y se encontró frente a una chica muy amable. Le preguntó que deseaba y ella le dijo que iba a ponerse en forma practicando aerobic, porque era su pasión.  juana2

  • - Bien, deme su cartilla de identificación, por favor.

Estaba nerviosa, su mano temblaba y sus dedos contenían un sudor frío. Pero se armó de valor y tomó el rectángulo de plástico que acababan de facilitarle. Lo puso en la mesa y la chica en dos minutos rellenó su ficha. Con voz igualmente amable y con una gran sonrisa dijo:

  • - Estupendo Juana, cuando quieras puedes comenzar la clase, en aquel panel tiene los horarios para que elija cual le interesa más.

Juana salió del gimnasio con total satisfacción, el cielo se volvía azul, aquella misma tarde iría a la primera clase. Al fin tenía su nombre real en su cartilla de identificación, al fin podía decirlo en voz alta sin temor a que alguien la mirase de algún modo extraño. Al fin se sentía feliz, plena, no tendría que avergonzarse nunca más cuando le pidieran los datos. Al fin legalmente dejó de llamarse…. Juan….

Mercedes Hidalgo

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