CARTA DE DESPEDIDA DE UN HOMBRE CUALQUIERA A LA MUJER DE SU VIDA
Etiquetas: amistad, Amor, anhelo, añoranza, disculpa, razón, vida
Hermosa, hace días que quería escribirte. Desde que nos dijimos adiós.
El primer día que pasé solo ansiaba llorarte, menos mal que no tuve fuerzas para hacerlo. El Réquiem de Mozart, esa misma tarde, solemnizó la despedida. A toda leche. Lo que empieza tiene un final. Lloré. Y me fui liberando del peso de la dependencia a una ilusión.
Mozart lo compuso para rendir homenaje a la muerte de una joven dama. El adiós de una joven dama, tú. Y surgió otra, una de esas amigas que no tiene problemas en amarte con toda su alma y con todo su cuerpo. La noche del mismo viernes. Bueno, no es que ella fuera otra joven dama, sino una vieja amiga, de las que nunca fallan, una vieja dama, de las que te ayudan a levantarte si ven que te has caído.
Ahora que han pasado tres días, lo tengo mucho más claro. Muy claro. Absolutamente claro. Reflexionar no es darle vueltas a la cabeza, como tú crees. La reflexión te abre las puertas hacia la libertad; darle vueltas a la cabeza, en cambio, te hace ver puertas donde no las hay.
No quiero que pienses que me mueve una sórdida venganza contra ti ni nada por el estilo. Ahora mismo no siento dolor. Ahora sé que se ha acabado. No me conoces, porque no quisiste indagarme, pero espero que me creas si te digo que trato de ser lo más honesto posible con todo el mundo, incluso con la gente que me hace daño; o contra la que me ha golpeado en un ataque fortuito, tal es tu caso. Sencillamente, no tuvimos suerte. Si quizá nos hubiéramos conocido en otro momento… Ahora la cosa no tiene arreglo, lo he comprendido.
Lo primero, reconocer mi error: ya lo sabes, ser demasiado inmaduro a la hora de afrontar tus enigmas. Pero hasta para esto tengo respuesta. Estamos acostumbrados a adivinar lo que pasa por la cabeza de los niños. Ellos se asombran de nuestra audacia e incluso preguntan cómo es posible que te anticipes a sus deseos. El acierto con mi sobrino suele ser casi absoluto. En cambio, con los adultos, si bien sucede que somos capaces de captar lo que no se manifiesta abiertamente, la respuesta de éstos, cuando se desnuda alguna de sus intenciones, es la negación. La negación hasta el punto de cambiar de parecer; todo con tal de no dar la razón. ¿Cómo sino es posible que acertemos lo que piensa un niño al 99% y obtengamos un acierto de un triste 0,5% en los adultos? Es matemáticamente imposible. Tú confiabas en que te entendiera sin palabras, y eso, querida, es imposible, conmigo o con cualquier otro que vayas a conocer mañana. Sin confirmación no hay nada que hacer, y los niños confirman. Tú no.
Es lo que he aprendido ahora. Por un lado dabas indicios de quererme y por otro lado, sin que te dieras cuenta, me hacías pasar por un infeliz eunuco que no te llegaba a la suela de los zapatos. Insisto, en parte es posible que así fuera, pero no trato de disculparme frente a ti. Creo que entre tú y yo, lamentablemente, ahora es imposible trabar siquiera una amistad.
Sin embargo, no puedo quedarme de brazos cruzados y, por lo menos, quiero pasarte información sobre tus actos. Sinceramente, espero que te sean de utilidad para construir tu futuro. Por lo que de bueno hemos vivido juntos. No tienes ni que responderme, creo que de ti ya he tenido suficiente…




