UN LOCO DE LA LUNA
La disputa entre el loco y el poeta se enardeció después de que uno de ellos escribiera este cuento:
Érase una vez un loco que vivía solo en el bosque. Si bien la gente dice del día que es lunes o miércoles, él, en cambio, decía: Es noche de luna menguante, o de luna nueva.
Uno puede ver la realidad como más le guste. Es bonito amar la Luna, recuperar la cordura pueril de los sentimientos puros. Pero tampoco puede uno negarse a vivir la carne. Si uno se distancia demasiado del resto, se convierte en loco. Nuestro loco, era loco de Luna. La amaba tanto… Tanto, que los días llegaron a desaparecer de su mente. Sólo existía la noche: estrellada cuando la Luna calla, y llena de luz cenicienta cuando la blanca divinidad suda las partículas que respiran los poetas.
Nuestro loco vivió durante lustros amando sólo la Luna. Atento a rodearse de amigos que nunca amaran más a la Luna que él mismo.
Cuando apareció el poeta con ganas de respirar esas partículas espléndidas, el loco montó en cólera.
La Luna es mía. Siempre ha sido mía. Y tú, ¿quién eres?
El poeta le invitó a compartir los efluvios lunares: Son de todo aquel que sienta la necesidad de imaginar, le dijo. Sin embargo, el loco siguió presa de algo que nunca habría creído que fuera suyo: la materia misma de la que está hecha la Luna: su polvo. El poeta continuó: Yo veo la Luna como un ente místico, incorpóreo como lo es la imaginación, no se trata de poseer la Luna, sino de emplearla como un símbolo que nos proporcione fuerza, la fuerza que anida más allá de los músculos y que nos lleva a lograr grandes hazañas.
El loco, presa del pánico al ver que alguien pensaba igual que él, espetó: Tú quieres ser yo, pisas el mismo suelo, hablas con la misma boca, respiras las mismas partículas que me hacen un ser mágico a los ojos del resto del mundo. Tú quieres ser yo. Y yo no he muerto.
Entonces, el poeta, sin el ánimo puesto en iniciar una guerra, preguntó, ¿qué me recomiendas que haga?
¡Que te vayas a Marte, a Saturno, a Júpiter, a Platón! La Luna es mía…
Tomo el mundo entendió que se había declarado una guerra entre el loco y el poeta. La lucha por un territorio que no era tierra ni metal, sino aire iluminado. La Luna. De la misma manera se pelean los pueblos por los dioses en los que creen. Mientras existan los locos incontrolados, existirá la maledicencia de unos seres humanos contra otros…
El cuento, lo escribió el poeta. Cuando el loco lo leyó, preguntó al autor por qué hacía público su desacuerdo. Qué sucia jugada. El loco creyó de esta manera que más razón abrigaban sus deseos de singular sentimiento, más caballeroso era, mejor que ese poeta humilde que nunca llegaría a ningún lado.
Los secretos, le respondió el poeta, no pueden revelarse, tienes razón. De la misma manera, la belleza de los árboles, de las rocas, de los mares o el soplo de las brisas con la que alimentamos nuestras ganas de respirar luz blanca no pueden reservarse para uno. Tú quieres hacer tuyos todos estos antojos de la Naturaleza. Yo hago públicos los secretos. ¿Qué nos diferencia?





Genial! cien veces Genial “UN LOCO DE LA LUNA”, podria bien llamarse “El HOMBRE QUE AMABA LA LUNA”… isa(Citar) (Responder)
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