Los cuadritos del Uffizi

Yo todavía no me había centrado. De vacaciones.
La verdad, una cosa es la vida programada de todos los días y otra muy distinta aquella en la que no sabes cómo hacerlo para matar los minutos sin adormecer tu mente. Hoy tocaba visita al museo llamado por los italianos Galeria degli Uffizi, en Florencia. Atemorizado porque mi identidad rutinaria desapareciera del todo, he fingido que mi día era uno de esos días de asedio constante, de asedio del tiempo que te piso los talones. He entrado en el museo y, aunque he intentado detenerme en la escalera para asombrarme
con los escalones de piedra de una sola pieza
y sin una sola raja,
piedra gris dura, pulida por el paso ascendente de miles de pies diarios,
no he resistido la tentación de correr. Ver los cuadros a toda pastilla. Es decir, que en cuanto he dado la vuelta entera al recorrido marcado en el folleto, me he percatado de que no había visto los cuadros, qué vergüenza.
Bien, he vuelto atrás y he visto el Nacimiento de Venus, de Botticelli, bastante más descolorido el original que las reproducciones de las postales y los puntos de libro de la tienda del museo. Y he visto las obras de Leonardo da Vinci, que yo ni sabía que ese señor había nacido aquí, es lo que tiene la rutina feroz de los días malditos a los que nos hemos encadenado casi todos, que te vuelves idiota, porque te vuelves ciego.
Así que he vuelto atrás, para ver.
Y así, viendo y mirando, me he fijado tanto en todos los detalles que me he percatado incluso de la ristra de retratos de pequeñas dimensiones sobre las ventanas de los amplios corredores iluminados por la feliz luz diurna. Ni un sólo visitante parece sentirse atraído por ellos.
Esa serie de cuadritos, que ahora mismo no recuerdo cuántos había, porque eso de contar queda para el que debe racionalizar el tiempo de sus días, era una serie de miradas lúgubres unas o más reposadas otras, pero todas con la sempiterna expresión del que se sabe ilustre.
Esos hombres creo que también miran con la tristeza del desamparado.
¿Qué os pasa?, les he preguntado tontamente, y digo tontamente porque no hay nada más tonto que hablar con retratos. Entonces uno ha movido los ojos de un lado a otro, como si pidiera permiso a los otros retratos para poder decir algo. Me he quedado esperando la respuesta. Si esa pintura puede expresarse con el movimiento de sus ojos, bien podrá hablar, me he dicho. Al final, el tipo de la gorrita ha dicho: Estamos hartos de que nadie nos haga caso. Soy Giovanni di Bicci, un Medici, y creo que la historia, a mí y a unos cuantos de esta galería, no nos respeta como debiera. Ha elevado la barbilla y se ha quedado así, con la barbilla arriba. Pero, tú, le he preguntado, ¿que hiciste para que se te recuerde? El tío ha arrugado los labios, no sé, a mí me ha dado la impresión de que se sentía molesto muy molesto, y de ser así, ¿para qué puñetas me hablaba? Banquero, señor turista, me ha llamado turista el tío, yo fundé el banco de los Medici, familia de la que formo parte.
Hombre, hay gente que se arruga cuando le hablan así. Yo no. Me he largado del corredor.
Poco después, más reposado, he entendido por qué la gente no se detiene a mirar a esa pandilla de infelices. Ellos fueron los que ordenaron ser colgados ahí. Son como los ilustres de nuestras ciudades, los que más poder tienen y más dinero tienen, posan para que les pinten cuadros enormes que cuelgan en sus casas y pretenden luego que los turistas del futuro nos postremos ante ellos y sus hazañas. ¡Fundar un banco! ¿Somos más humanos gracias a hombres ilustres como estos? ¿En verdad la civilización avanza gracias a los banqueros? ¿O son ellos los que prosperan?
Como me encuentro de vacaciones, he decidido ser positivo. Me he dicho: Si puedo hablar con los personajes representados en los cuadros, la Venus de Botticelli, si llegamos a quedarnos solos aunque sólo sea un momento, puede ir preparándose para hablar de unas cuantas cosillas. La belleza, el amor, la verdad…
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